sábado 27 de agosto de 2011

NATURALEZA HUMANA


No demos a nadie la ocasión de ser vil. La aprovecha.

Nada tan preciso como el cólico repentino para evacuar la retórica del que peroró patéticamente sobre la "dignidad del hombre".

Nunca se hable de paganismo con respecto a la era moderna. Creer en la soberanía del hombre es el rasgo característico del moderno, mientras que el pagano se sintió esclavo de mil soberanías divinas. Ni siquiera el orgullo estoico se sintió dueño del destino. Paganismo y cristianismo se hermanan en la conciencia común de una sierva condición humana.

Tratándose del conocimiento del hombre, no hay cristiano (siempre que no sea cristiano progresista) a quien alguien tenga algo que enseñarle.

El envidioso perfecto es el que anhela la abolición, no la posesión del objeto que envidia.

La dignidad del hombre no está en su libertad, está en la clase de restricciones a su voluntad que libremente acepte.

En el hombre inteligente la fe es el único remedio de la angustia.

Al tonto lo curan "razón", "progreso", alcohol, trabajo.

La vida es un combate cotidiano contra la estupidez propia.

Tan sólo el hombre inteligente y el estólido saben ser sedentarios. La mediocridad es inquieta y viaja.

Nuevos valores se revelan constantemente en la historia; pero el hombre, por su cuenta, sólo reitera los mismos crímenes.

El poder no corrompe, libera la corrupción larvada.

El hombre acaba motivado por los motivos que le dicen tener. Bestia si le dicen que su alma muere como el alma de las bestias; animal avergonzado, por lo menos, si le dicen que tiene alma inmortal.

Imposible convencer al tonto de que existen placeres superiores a los que compartimos con los demás animales.

El alma naturalmente demócrata siente que ni sus defectos, ni sus vicios, ni sus crímenes, afectan su excelencia substancial. El reaccionario, en cambio, siente que toda corrupción fermenta el alma.

Humanizar nuevamente a la humanidad no será tarea fácil después de esta larga borrachera de divinidad.

En todo individuo vive el germen de los vicios y apenas el eco de las virtudes.

Sólo manos eclesiásticas supieron, durante unos siglos, pulir el comportamiento y el alma.

La humanidad es el único Dios totalmente falso.

Cualquiera que no confíe en el hombre resulta, en el fondo, cristiano.

La sabiduría se reduce a no enseñarle a Dios cómo se deben hacer las cosas.

La humanidad cree remediar los errores reiterándolos.

El auténtico humanismo se edifica sobre el discernimiento de la insuficiencia humana.

Los hombres se dividen en dos bandos: los que creen en el pecado original y los bobos.

Más que el castigo hereditario, lo que indigna al moderno en el dogma del pecado original es la culpabilidad hereditaria. Ser moderno es declararse enfáticamente inocente y negarse a ser perdonado.

El que se confiesa en público no busca absolución, sino aprobación.

Respetamos los dos polos del hombre: individuo concreto, espíritu humano. Pero no su zona media de animal opinante.

Noble no es el alma que nada hiere, sino la que pronto sana.

Por haber creído vivas las figuras de cera fabricadas por la psicología, el hombre ha ido perdiendo el conocimiento del hombre.

Los hombres se reparten entre los que se complican la vida para ganarse el alma y los que se gastan el alma para facilitarse la vida.

Bajo el pretexto de descifrar secretos, pero con el fin de envilecer al hombre, la mentalidad moderna exige arrancar vendas que protegen llagas de todos conocidas.

El reaccionario es simple patológico. Define la enfermedad y la salud. Pero Dios es el único terapeuta.

La noción de criatura mantiene la distancia entre el hombre y Dios sin abolir el contacto o, alternativamente, el contacto sin abolir la distancia.

La proclamación de nuestra autonomía es el acta de fundación del infierno.


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