· La muerte no debe ser objeto de nuestras meditaciones sino base de todas.
· Que la historia de la Iglesia contenga capítulos siniestros y capítulos imbéciles es evidente, pero no es ensalzando al mundo moderno como un catolicismo viril debe hacer su confesión penitente.
· La dificultad creciente de reclutar sacerdotes debe avergonzar la humanidad, no inquietar a la Iglesia.
· El pensamiento religioso no progresa como el pensamiento científico, si no profundiza.
· Los jerarcas comunistas traicionan hoy en día la fe como cualquier obispo.
· El moderno busca ante todo una religión que niegue la gracia.
· Lamennais es el protoapóstata de la nueva iglesia.
· Ante la iglesia actual (clero, liturgia, teología) el católico viejo se indigna primero, se asusta después, finalmente revienta de risa.
· El anticristo es figura escatológica; la anti – iglesia es fenómeno histórico.
· En el fondo no hay sino dos religiones: la de Dios y la del hombre, y una infinidad de teologías.
· Cuando el católico se defiende mejor contra los vicios que contra la herejía, ya es poco el cristianismo que queda en su cabeza.
· Quien profese que lo esencial del cristianismo no es la “doctrina”, sino la práctica y la vida, predica subrepticiamente una doctrina nueva. Con el mote, atractivo para el tonto, de “preeminencia de la vida” nos quieren insinuar que sólo cuenta nuestro destino terrestre. La irreligión goza equiparándose en la guardarropía evangélica.
· Ni la religión se origino en la urgencia de asegurar la seguridad social, ni las catedrales fueron construidas para fomentar el turismo.
· Cristo es el objeto de la tradición evangélica, pero sólo la tradición evangélica puede ser objeto del historiador. El aparato para percibir el objeto de la tradición evangélica no es la historia, sino la Iglesia.
· El demonio comprende todo pero no puede crear nada.
· Donde la religión misma se seculariza, Satán resulta el último testigo de Dios.
· Sólo es católico cabal el que edifica la catedral de su alma sobre criptas paganas.
· El cristianismo no niega el esplendor del mundo sino invita a buscar su origen, a ascender hacia su nieve pura.
· Lo natural y lo sobrenatural no son planos superpuestos, sino hilos entrelazados.